miércoles, 27 de julio de 2016

El largo camino por encontrar a Charo

Llegar a Charo fue difícil. Tal vez, lo más difícil que me tocó hacer. Por primera vez en la vida dependía del azar y no de mi. Me la imaginé desde que era chica, mi hija, la primera. Compartir la vida con ella era un sueño para mi. Conocí a su papá, nos enamoramos, nos casamos y empezamos a soñarla juntos. Dijimos "que llegue cuando tenga que llegar". Pasó el tiempo, terminé mi carrera, cambié de trabajo y siguió pasando el tiempo, y ella no llegaba. Después de un par de años de "esperar a que llegue" empecé a pensar que tal vez yo estaba dentro de ese grupo de personas que no pueden tener hijos. Sabía que si había un problema era mío, mi marido ya tenía dos hijos. Así que además cargaba con la culpa.
Después de muchas preguntas sin respuesta, después de mucha angustia y llantos, después de culparnos y enojarnos, un día decidí que ya estaba lista para enfrentar lo peor. Buscamos al único especialista en fertilidad de la cartilla y lo fuimos a ver. Un tipo que no parecía de esos que uno se imagina. Era muy directo, sin miedo a decir nada, con la crudeza de quien maneja normalmente la naturalidad de no poder concebir un hijo. Yo llegué angustiada, con mucho miedo. Él nos explicó que la mayoría de los problemas podían venir de mi parte y por cada problema había un estudio distinto. Nos llevamos todas las recetas y empezamos a pedir turnos para los estudios que teníamos que hacernos los dos. Mi marido se hizo uno, yo cuatro. Él último, la histerosalpingografia, fue sumamente doloroso, pero con buenas noticias, todo estaba bien. Este estudio, como efecto secundario, libera cualquier pequeña obstrucción que pueda haber en las trompas.
Con todos los resultados fuimos al médico que nos dijo que había algunos valores que no daban del todo bien, pero de todas formas nada era tan terrible, todavía podíamos tener hijos. Esto fue en Julio del 2015, unos días después empezaban las vacaciones de invierno, así que aproveché para irme de viaje unos días. Los primeros días fueron con dos amigas. Nos tomamos un micro y nos pusimos a charlar sobre como dos de nosotras queríamos ser mamás. Nos subimos al micro y cuando llegamos yo casi no podía caminar por la hinchazón de pies. Me dolía la panza, me tenía que venir unos días antes. Cuando me bañé en el baño del hotel, había un espejo enfrente y me vi particularmente hinchada. Yo estaba muy cansada, mis amigas querían caminar todo el día y yo no daba más, me quería tirar a dormir. Salíamos a comer y yo estaba más selectiva que lo normal, no tenía ganas de comer carne y cosas de esas. Tal vez el aire de mar me tenía así.
Tres días después llegó Lucas y las chicas se volvieron. Para cuando llegó yo tenía 11 días de atraso. Una vez me había pasado y fue una falsa alarma, así que no nos queríamos ilusionar. Dos días después no podíamos aguantar la ansiedad, así que compramos el test a la mañana y esperamos hasta la tarde. Dormimos una siesta larguísima y cuando nos levantamos ya era el momento. Me acuerdo los nervios por el resultado, me acuerdo de Lucas diciendo que todavía el test no funcionaba, que había que tener dos meses de embarazo para que funcione, aunque en la caja decía dos semanas.
Fui al baño y en cuanto hice pis, la linea vertical que marcaba el "más" (que indicaba el positivo) fue la primera y la más fuerte. Me temblaba la mano y desde el baño le preguntaba a Lucas cuanto faltaba, pero yo ya sabía que era positivo.
Volví a la cama y le dije "tenés razón, no puede dar positivo", lo miró, no entendía, sonrió, nos abrazamos.
En ese momento el mundo se dio vuelta para siempre. En ese instante, la película empezó a correr para nunca parar.